Trastorno de personalidad

Si hablamos de trastorno de personalidad, hablamos de unos rasgos caracteriales que dificultan especialmente el afrontamiento de los estresores del día a día.

Existen tres subtipos, que cuentan con características totalmente diferentes. Lo único que tienen en común es que se trata de personalidades disfuncionales, con esto no queremos decir que el paciente deba cambiar su forma de ser, ya que evidentemente la persona contará con muchos rasgos deseables que en ningún caso queremos cambiar, sino que necesita ayuda para afrontar una serie de situaciones específicas que le generan conflicto y sufrimiento. Por ejemplo: puede darse lo que los pacientes describen como una angustiosa “sensación de vacío”, puede haber perfiles de personalidad especialmente dependientes (lo cual le genera a la persona dificultades en sus relaciones) o puede haber una experiencia emocional magnificada y desbordante. El trastorno de personalidad más frecuente es el trastorno límite, también conocido como “borderline”.

Los factores que influyen a la hora de padecer un trastorno de este tipo son tanto los aspectos genéticos como los vivenciales, refiriéndonos a posibles eventos adversos en la vida del paciente, especialmente durante los primeros años de vida: abusos, experiencias traumáticas de rechazo, sometimiento a un alto nivel de expectativas, complejos físicos…

El decaimiento anímico puede presentar distintos grados de intensidad, pero siempre afecta a la funcionalidad de la persona que lo padece. Es común escuchar que la persona tiene dificultades para concentrarse, por lo que disminuye su rendimiento en el trabajo. La apatía repercute también en el autocuidado de la persona, que empieza a abandonarse progresivamente, a veces descuidando su imagen, higiene o alimentación. La sensación de que la vida ha perdido el sentido puede llegar a invadirlo todo.

En ocasiones la clínica depresiva se presenta sola, pero también puede acompañarse de sintomatología de tipo ansioso.

Trastorno de la conducta alimentaria

Existen una serie de rasgos de personalidad, que combinados con determinados factores ambientales, pueden llegar a crear el «caldo de cultivo» perfecto para el desarrollo de un trastorno de la conducta alimentaria.

El perfeccionismo excesivo y la hiperexigencia dan lugar a trastornos de la conducta alimentaria principalmente de tipo restrictivo, marcados por la reducción voluntaria de la ingesta debido a una distorsión de la imagen corporal que persigue la extrema delgadez. Cuando la personalidad se caracteriza por la impulsividad o cuando se ha mantenido una conducta restrictiva durante mucho tiempo, de modo que el paciente ya no es capaz de reprimir sus necesidades alimentarias, suelen predominar los atracones. Estos son ingestas descontroladas que superan la cantidad calórica normal que una persona consume habitualmente en ese lapso de tiempo. Se componen principalmente de alimentos azucarados y ricos en carbohidratos. Tras los atracones el paciente se ve invadido por sentimientos de culpa que acaban generando conductas purgativas, como el vómito autoinducido o el ejercicio extremo de tipo compensatorio, este trastorno se conoce como bulimia.

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